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LA HOJA EN BLANCO

Hay momentos en la vida en que las diferentes áreas vitales colapsan y queda todo el interior como una hoja en blanco.

Todo lo vivido, aprendido e integrado queda aparentemente en el olvido y atrapa la sensación de bordear un abismo sin asideros. Afortunadamente las certezas más maduras se mantienen intactas y probablemente este conglomerado sea la única cosa que merezca ser conservada.

Inicialmente, quedarse colgado o colgada como un péndulo es un tanto inquietante. El «sentido protagónico»en su ansia por vivir a toda costa, busca afanosamente agarrarse a algo, generalmente a lo viejo, a lo conocido, le encanta el refrán que dice: “mejor malo conocido que lo bueno por conocer”.

Lo conocido, las áreas de confort dan mucha seguridad, aunque en ocasiones lleguen a ser tan tóxicas que impidan crecer, obstaculicen madurar. Al «sentido protagónico» le encanta vivir en las áreas de confort y le molesta muchísimo que le muevan el sofá. Se resiste, patalea, se agita cual yonki con necesidad de su dosis de droga. 

Lo que el bendito «sentido protagónico» no puede ver es la inmensa oportunidad que le brinda estar frente a la hoja en blanco. No le interesa saberlo.

Aunque difícil, el momento de comenzar a escribir de nuevo la propia historia dejando atrás todo aquello que no sirve, ni construye, ni prospera, es un regalo. La probabilidad de rellenar el papel con habilidades es total. 

Solo toca decidir coger el bolígrafo e inmerso/a en la vulnerabilidad de quien posee un corazón encogido, temeroso y una mente nublada, atreverse a trazar la primera letra. 

Es el sagrado Bhagavad Guita quien nos cuenta, en la epopeya épica India, que Arjuna tuvo que enfrentarse a una batalla similar para poder conquistarse a sí mismo. Miraba en el campo de batalla a sus enemigos y reconocía en ellos a amigos y parientes con quienes había convivido y de quienes aprendió las lides del combate.

Sin embargo, de pie en el carro de batalla, su corazón sabía que debía reescribir su historia. Asumió el control de sí mismo y se arriesgó a indagar en lo más profundo de sus miedos, utilizando la espada de sus certezas para ensartar con ella sus más oscuros temores.

Arjuna se arriesgó a vivir sin miedo su propia vida y con ello logró la libertad. Comprendió desde la infinita paz que anida en un corazón honesto, que el «yo», el «sentido protagónico», solo debe crecer y madurar lo suficiente para que acepte ser testigo de su propia disolución.

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